En cada persona, desde su nacimiento, hay una chispa divina, porque Dios viene a este mundo a través de nosotros, y la tarea de todo el que vive es no solo conservar, sino avivar en sí la chispa divina y mostrar al creador con sus propios ojos que el mundo que él creó es hermoso. Dios vive en ti y contempla el mundo a través de tus ojos.