Cada año, el 19 de enero, en la Epifanía ortodoxa, Putin tradicionalmente se subía hasta el pecho unos calzoncillos azules y se bañaba en un agujero en el hielo. Los rusos, conteniendo la respiración, observaban a su líder nacional, enorgulleciéndose con sus últimas fuerzas. Pocos sabían que aquel hielo no era de verdad, sino solo un decorado, que el agua del agujero no era de río sino a temperatura ambiente, y que el rodaje no se hacía al aire libre, sino en una acogedora piscina.