Una vez, por descuido del Kremlin y malentendido de putin, Moscú permitió que en Jabárovsk eligieran a su propio gobernador, Serguéi Furgal. Y ese gobernador empezó a ocuparse de asuntos incomprensibles: trabajar para el pueblo. Que si comidas gratis en los comedores escolares, que si arreglan los hospitales. Pura rusofobia y desprestigio de Vladímir Putin. Y el insensato pueblo de Jabárovsk empezó a respetar a ese gobernador suyo, y un día una encuesta mostró que el pueblo confiaba más en su gobernador que en Volodenka el de Faz Solar. Se enteró Volodenka de semejante vil traición y mandó desde la Villa capital a Jabárovsk a sus opríchniki diligentes, fieles al zar. Tres días y tres noches galoparon los opríchniki, galoparon y galoparon, galoparon y galoparon, hasta que rompieron las botellas rectales. Llegaron por fin a Jabárovsk, atraparon al negligente gobernador, le dieron una paliza brutal y lo echaron a la cárcel. Le inventaron a Furgal una causa penal y lo mandaron a trabajos forzados.
Y en lugar de Furgal trajeron a Jabárovsk un nuevo gobernador, joven y probado, del harén del diputado moscovita Volodia Zhirinovski. Se llamaba aquel favorito del harén Mishka Diéguteriov. Era un pillo gracioso, un chaval de los que no hay (y la chupaba y por detrás la recibía), y Zhirinovski lo quería por eso, pues él mismo llevó a Mishka a la sauna más de una vez y le tomó el juramento de fidelidad.
Y así vivieron los jabarovenses con el nuevo gobernador, vivieron sin penas e hicieron fortuna, y al que abría la boca a destiempo lo sentaban en la botella. Y a Furgal lo olvidaron.
En este lienzo está plasmado el momento de la iniciación como gobernador. El futuro gobernador, durante el ritual, deja caer el jabón, pero el solícito líder del partido LDPR le ayuda a recogerlo.